Reporte especial sobre drogas
Milenaria tradición la del consumo de drogas
- 5 mil años antes de Cristo aparecieron el alcohol y los opiáceos.
- Los incas consumían coca antes de la llegada de los españoles; los aztecas utilizaban el teonanacatl y peyote en ceremonias religiosas
- Las guerras mundiales desencadenaron el imperio de las drogas
- Pacto secreto, origen del cultivo y tráfico de droga en el noroeste de México.
- Presencia del crimen organizado en Sinaloa desde 1944
MARIO MARTINI
I
La costumbre de drogarse no pertenece al presente.
Históricamente el hombre desarrolló cultivos de plantas y hierbas que alteran el funcionamiento normal del sistema nervioso central con fines mágicos o religiosos que aun perduran en algunos países de América Latina entre comunidades indígenas, pero fueron los grandes consorcios farmacéuticos, beneficiados por las guerras mundiales de los siglos 19 y 20, los que perfilaron el gran imperio de las drogas que hoy conocemos.

Los incas conocieron las propiedades nutricionales de la hoja de coca muchos años antes de Cristo, lo mismo que los chinos con el opio y los aztecas con el peyote. Los pueblos indígenas, que descubrieron las bondades de la herbolaria, aprovechaban plantas y raíces para producir brebajes que utilizaban en ceremonias religiosas, con fines terapéuticos o para agarrar valor en guerras o competencias deportivas.
El alcohol y los opiáceos fueron los primeros psicoativos empleados con esta finalidad en el año 5.000 a.C. Se cree que el cáñamo (cannabis sativa) se cultivaba en China desde hace más de 4.000 años. En América, el imperio incaico (andino) cosechaba hoja de coca (erythroxilum coca lam) tres veces al año para utilizarla como analgésico y energizante de uso diario para mitigar la fatiga producida por la altura. Los conquistadores españoles fueron, por así decirlo, los primeros beneficiados por esta costumbre, ya que era lo único que daban de comer a los indios para que trabajaran 24 horas en la explotación de minas en Perú, Bolivia y Colombia.
Conocida como “Carne de los Dioses”, la sociedad Azteca consumía con fines religiosos el hongo llamado “teonanacatl” y el peyote (Lophophora wiliamsii). En América, las antiguas civilizaciones indígenas también tenían la costumbre de utilizar las plantas alucinógenas en sus ceremonias, según hallazgos descubiertos en el siglo X a. C de piedras-hongos entre los monumentos de la cultura de Izapa, en la actual Guatemala. En la región de Perú también se encontraron pipas de cerámica del siglo IV a.C. con figuras descriptivas del peyote, cactus alucinógeno cuya sustancia activa es la mezcalina que en la década de los 70 del siglo pasado puso de moda a la sacerdotisa María Sabina y al hasta entonces desconocido pueblo de Huatla, en el estado de Oaxaca.
Fray Toribio de Benavente, conocido con el mote de Motolinía (pobrecito o desdichado en náhuatl), describió al comienzo del siglo XVI el comportamiento de los indígenas que los consumían:
“(…) tenían otra manera de embriaguez que los hacía más crueles, era con unos hongos o setas pequeñas, que en esta tierra los hay como en Castilla; más los de esta tierra son de tal calidad, que comidos crudos y por ser amargos, deben tras de ellos o comer con ellos un poco de miel de abejas; de allí a poco rato veían mil visiones y en especial culebras; y como salían fuera de todo sentido, parecíales que las piernas y el cuerpo tenían lleno de gusanos que los comían vivos, y así medio rabiando se salían fuera de casa, deseando que alguno los matase, y con esta bestial embriaguez y trabajo que sentían, acontecía alguna vez ahorcarse, y también eran contra los otros más crueles. A estos hongos llámanles en su lengua teonanacatl, que quiere decir carne de Dios o del demonio que ellos adoraban y de la dicha manera con aquel amargo manjar, su cruel dios los comulgaba (…)”
Hacia finales del siglo XIX el consumo de opiáceos no constituyó problema sanitario ninguno en Occidente, pero la popularización del consumo recreativo de opio y el rápido incremento de la adicción hicieron sonar la alarma social que anunciaba la llegada de un problema de salud pública.
