La Patria Intima

INTRODUCCION

Reunir a tan diversos personajes, de convicciones igualmente distantes y distintas, solamente puede ocurrir en el carnaval mazatleco o en las páginas de algún anuario escolar.

En el carnaval porque es ahí donde el siempre dispuesto ánimo festivo de los mazatlecos encuentra  cauce gozoso y solidario en la procesión masiva hacia la veneración de los placeres desatados que no se produce ni reproduce jamás, sino hasta el  año siguiente.

Durante nuestra íntima celebración, la cerveza, la música y el sexo ocasional fluyen como nunca sobre una multitud frenética que navega con modorra sobre las aguas mansas del otro yo. Es una enorme y feliz fuga colectiva que bajo el amparo de la ley máxima: ¡todo se vale, al fin es carnaval!,  permite postergar compromisos y responsabilidades; abonar deudas y cancelar agravios; reencontrar amores y perdonar traiciones.

Mazatlán, corazón del Sur de Sinaloa desde el siglo 19, fue escenario de innumerables actos heroicos de sus pobladores que finalmente la convirtieron en una ciudad decente, después de servir como hotel de paso a los ricos mineros de El Rosario y refugio de piratas. No pudo utilizarse para otra cosa, pues se trata de un territorio indomable cuya furia despertará algún día al paso de un ciclón trasnochado.

Las condiciones geográficas de la península que es Mazatlán fueron el reto enorme para los mexicanos y extranjeros que aceptaron el reto de construir una réplica de Atenas o Bremen sobre lodazales de excremento, marismas, muros de agua y cumbres suicidas. Ni la divina voluntad de los misioneros jesuitas que vinieron detrás de Nuño Beltrán de Guzmán hizo estación en tan inmensa soledad, si acaso le dieron la bendición desde el Cerro de la Cruz y se fueron de paso hasta Piaxtla, Culiacán y las Californias. Solamente la unidad, el respeto al derecho ajeno y el empuje de aquella sociedad pudo vencer las inclemencias de un territorio castigado por Dios con agua a raudales, pero ni una sola gota para beber.

En cambio, el próspero mineral de El Rosario, en el Sur-Sur, permitió el desarrollo de una ciudad que si bien giraba alrededor de la extracción de oro y plata, construyó también una sociedad de hombres prósperos. En alguna época el  mineral hospedó a los poderes del estado y su riqueza fue piedra angular en la construcción de la hoy internacionalmente conocida Perla del Pacífico.

Desde las batallas épicas de los hombres que poblaron el Señorío de Chiametlán, arrasado por Guzmán y su turba de bárbaros, y las enormes riquezas naturales del sistema lagunar Huizache-Caimanero, el Sur-Sur es un enorme monstruo dormido que despertará cuando las aguas de sus dos ríos principales, Baluarte y Presidio, sean domadas en bien de la agricultura de alto rendimiento y de la pesca. Cuando operen las presas de Picachos y Santa María, esta región alcanzará el progreso agrícola del centro y norte de Sinaloa.

Pero volviendo al centro de esta sociedad sureña, colmada de decencia y respeto al prójimo, tengo fija la imagen de un grupo de hombres elegantes, vestidos de casimir inglés, chalecos y leontinas, que  retrata el empuje y arrojo de aquella sociedad -atrapada entre muros de agua salobre  y tierras de temporal- que se levantó una y otra vez de la adversidad y sorteó toda clase de calamidades, desde huracanes anuales, pestes y trifulcas armadas.

Vista a ojo de pájaro parece el intermedio de alguna tertulia en el Círculo Social Benito Juárez o la preparación para un encuentro amistoso de box. Al verla en detalle, se aprecia que todos tienen las camisas arremangadas, orgullosos de sus bíceps de roca.  La fotografía corresponde a los médicos del Consejo de Salud que hicieron frente a la peste bubónica o fiebre con bolas –como la bautizó el pueblo- de principios del siglo 20 y al momento suicida en que se aplicaron vacunas experimentales para combatir al mal que mató a miles de sinaloenses. De esas ya no hay, ni fotos ni acciones. No las hay porque la ciencia está alerta de cualquier pandemia y es difícil encontrar a un mazatleco en sus cabales que ofrezca su vida para experimentar un antídoto contra el SIDA o la gripe Aviar, salvo que se lo pidan en la madrugada del sábado de Mal Humor.

Otro caso:

Cuando fue inaugurada la Cervecería del Pacífico -también al inicio del siglo 20-, el pueblo agarró el segundo aire festivo que inició con estruendosas orgías para celebrar como Dios manda el triunfo del general Ignacio Zaragoza sobre los franceses. Desde la invasión francesa  -precisa apreciación del actual cronista de la ciudad-, la historia de Mazatlán y del Sur de Sinaloa se cuenta por carnavales y cartones de cerveza.

La inversión de los alemanes Melcher’s y Herman Evers en la industria cervecera se sumó al creciente desarrollo económico del puerto que para entonces ya era conocido como El Granero del Noroeste, del que se abastecían las principales ciudades del Pacífico Norte mexicano.

Era de esperase que la moderna empresa cervecera afectara a negocios menores, como el  de la familia Felton, que hasta antes de 1901 calmaban los calores de la población con  el abasto de hielo. Este negocio familiar fue desplazado rápidamente por la fábrica cervecera que también se apropió del mercado del hielo, insumo necesario para su proceso industrial. Cualquier negociante de la actualidad seguramente observa este acontecimiento con toda naturalidad, debido al acomodo natural de las fuerzas del mercado.  Pero la decencia y solidaridad de aquellos comerciantes estaba por encima de cualquier beneficio económico, por legítimo que fuera. Durante varios años, los hermanos Felton  recibieron de la cervecería una compensación anual igual al ingreso que les generaba la venta de hielo.  Hoy, esto es imposible.

Al alimón de la minería y el comercio de alto nivel, se desarrolló una pujante agroindustria en la zona rural de los municipios de San Ignacio, Concordia, Mazatlán y El Rosario. A diferencia de lo que ocurre actualmente, había 2 impresionantes ingenios productores de alcohol de caa y azúcar –El Roble y El Guayabo- y, cuando menos,  7 empresas familiares dedicadas a la producción de mezcal de primerísima calidad, mezcal que a fines del siglo 19 obtuvo el galardón a la calidad de la Feria Internacional del Comercio de Paris, otorgado a la familia Tirado Osuna, reconocimiento que ninguna otra casa tequilera mexicana ha obtenido desde entonces.

Mazatlán, es cierto, fue el corazón no solamente del sur sino de todo el estado, pues su condición de puerto de altura le permitió establecer un intenso comercio e intercambio cultural con toda clase de buques que tocaban sus costas. Pero la zona rural, hoy empobrecida desde la revolución agrícola y obrera del presidente Lázaro Cárdenas, nada le pedía al puerto, pues había trabajo bien remunerado en los ingenios, en la minería de la región serrana de Concordia, en la producción de agave y mezcal, en la talabartería, en la siembra de caña, en la producción de insumos para la agricultura y la ganadería y en el intenso comercio de primer mundo.

Era tal la bonanza que algunas haciendas, como Las Moras, tenían en sus baños llaves y herrajes de oro y mobiliario de finísima porcelana y  maderas exóticas importado de Europa. La pesca -que hoy constituye el modus vivendi de miles de familias del sur- no se asomaba entonces ni siquiera como una actividad de sobrevivencia.

Así, los pobladores del Sur navegaron sobre la abundancia durante casi un siglo. Sin embargo, a partir de la década de los 30’a del siglo 20 comenzó la decadencia de aquella vida de película. La lucha por la tierra, la expropiación de fábricas e ingenios, el surgimiento del narcotráfico, la disputa por el camarón y las elecciones de 1983 fueron el parteaguas entre una época y la otra.

Durante las décadas siguientes, mucha sangre regó los campos sinaloenses. Surgieron los pistoleros que los agricultores contrataron para defenderse de las expropiaciones agraristas y que luego, al quedarse sin causa ni patrones qué defender, se enrolaron en una nueva y prometedora actividad: el narcotráfico.

Entre tumbos económicos y masacres, llegaron los 80’a. Muchos sureños fueron perseguidos por la maquinaria estatal que en 1983 fraguó el fraude electoral más escandaloso de nuestra historia regional. La persecución de la disidencia reactivó el éxodo de quienes huyeron del hambre, la revolución, la lucha por la tierra, la cárcel o la muerte.

Aquella migración iniciada en el siglo 19 sigue ocurriendo regularmente en nuestros días, quizá por las limitadas oportunidades educativas y laborales que ofrece la región a las nuevas generaciones; por la entendible búsqueda de la fama y la fortuna que se niega en la tierra propia; o simplemente porque hay que sobrevivir.

Pero gracias a los motivos que hayan tenido los sinaloenses del éxodo, nuestra tierra se extiende por el mundo a través de exitosos artistas, cantantes, músicos, boxeadores, historiadores, bragados revolucionarios, poetas, diplomáticos, periodistas, compositores, políticos, cineastas, empresarios, etc.

He dicho que fueron muchas y variadas las calamidades que azotaron al sur del estado, pero la sociedad multiracial que lo poblaba las superó con entereza, dignidad, respeto y buenas maneras. Los alemanes y españoles, principalmente, trajeron sus costumbres, lo que propició que en la región imperaran el arte y la cultura desde 1846 y que sus habitantes estuvieran al tanto de las modas y episodios del mundo entero. No prosperó el proyecto de la Atenas del Noroeste, pero durante casi siglo y medio la vida de los sinaloenses estuvo marcada por la paz, la bonanza, el arte, la cultura y las buenas maneras, punto de partida de muchas familias cuyos hijos han triunfado en sus andanzas por el mundo.

En una somera revisión de nuestro pasado, surgen sinaloenses de nacimiento o adopción que en su viaje colocaron el nombre de Sinaloa en los principales escalones del país y del mundo, como Genaro Estrada, Pedro Infante, Lola Beltrán, Alejandro Quijano, Heriberto Frías, María de los Dolores Izaguirre, Manuel Estrada Rosseau, Enrique Mora, Enrique Alonso Cachirulo, Esteban Flores, Aurora Casas Martínez, Aurora Arrayales, Chayo Urirate, Joe Conde,  Rosalva Cevallos  Guevara, Sixto Osuna, Helia Casanova, los hermanos Rivera Velador,  Rafael Reyes Nájera, Gloria Zapari, Ernesto Damy, Cruz Gálvez, Filiberto Villareal, Guillermo Laveaga, Los Valadés, entre muchos otros.

Con mucho orgullo, debo precisar que dos mazatlecos han recibido la presea Belisario Domínguez, máximo reconocimiento del Senado de la República a los ciudadanos distinguidos por aportaciones  a la patria: el general Ramón F. Iturbe y el doctor Jesús Kumate Rodríguez.

En esta primera  colección digital de personajes, dedicada al Sur de Sinaloa, incluimos la semblanza de quienes  sin ser nativos del estado adoptaron esta tierra como su patria chica, así como la de sus hijos que fueron concebidos durante la mudanza de sus padres. “…Y es que los mazatlecos nacemos donde nos pega la gana…”, confirma con sabiduría el ingeniero naval Eduardo García Guerrero.

 

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