Antonio Toledo Corro
Todos Somos Sinaloa
Mario Martini
Servidor Público y Empresaria Agropecuario
Cuando le tocó el turno de presentar méritos académicos frente a la comunidad universitaria de América Latina, engoló la voz y con aplomo estudiado dijo: “Antonio Toledo Corro, de la Universidad de Batamote”. Lo dijo con arrogancia tal que los rectores de las universidades latinoamericanas de la Cordillera, Aragua, Barranquilla, Aconcagua, Callao, entre varias, aplaudieron con entusiasmo al representante de México, país que entonces tenía el respeto absoluto del continente.
El secretario de la Reforma Agraria asistió al evento con la representación del presidente de la república José López Portillo y ninguno de los presentes dudó de los blasones académicos del escuinapense ni del prestigio de su “alma mater”. Batamote es un pueblo miserable ubicado en el municipio de Guasave, Sinaloa, lejos de Dios y de la sospecha. Esta agudeza mental distinguió al caciquismo político mexicano desde 1929 y fue ejercido por hombres incultos pero de sagacidad excepcional para sobrevivir en un mundo político caracterizado por la violencia, herencias de sangre, tráfico de influencias, traición y transa. Así gobernaron Oscar Flores Tapia en Chihuahua, Rubén Figueroa Figueroa en Guerrero, Gonzalo Nicanor Santos en San Luis Potosí y Víctor Cervera Pacheco en Yucatán. El escuinapense fue el último sinaloense que llegó al palacio de gobierno de Culiacán con la .38 Súper fajada al cincho y el portafolio lleno de motivos para la venganza.
Vivió desde pequeño el desdén social por ser uno de los hijos naturales de Natividad Toledo, uno de los viejos y poderosos ganaderos del sur de Sinaloa que, según el escritor escuinapense Dámaso Murúa “dejó regados en los ranchos de Escuinapa y Nayarit más de cien chilpayates, unos de riego y otros de temporal”. Fue hijo de doña Francisca Corro Jiménez, con quien don Natividad procreó a Salomé, María Luisa y Manuel, únicos hermanos de sangre de Antonio, quien con la adversidad de ser “hijo natural” remó contra la corriente para ser admitido en la sociedad escuinapense que hoy está rendida a sus pies por los 100 millones de pesos que donó para construir planteles educativos. Por los vaivenes de la economía del primer tercio del siglo 20, mala administración, derroche y la evidente debilidad de “don Nati” por las bellas mujeres, la familia Toledo perdió 30 mil cabezas de ganado y extensas lenguas de terreno frente al mar, cerca de los paisajes espectaculares de las Marismas Nacionales, que pasaron a ser propiedad de la acaudalada familia Coppel. El joven Toledo se puso como meta existencial recuperar las 7 mil hectáreas de La Campana a como diera lugar y encontró en la política la vía para lograrlo.
Contracorriente
Nació en Escuinapa el 1º de abril de 1919, cinco años después de haberse decretado el Municipio, es hijo de don José Natividad Toledo y doña Francisca Corro Jiménez. Estudió primaria en su pueblo natal y aunque el padre era rico comerciante, agricultor y ganadero, vendió pan y golosinas, fue ayudante de barretero en una mina; arreador y “apuntador” de ganado; y expendedor de leche gringa en Tijuana. Vivió sus primeros años en una casa por la calle Centenario de su pueblo natal, vivió al lado de 9 hermanos, estudió en la escuela hoy llamada “José G. Gutiérrez”, parte del bachillerato lo hizo en Estados Unidos y en 1934 estudió por correspondencia una carrera comercial. Su espíritu inquieto lo llevó a incursionar en la política, logrando a contracorriente ser diputado local por Rosario y Escuinapa en el año de 1952. Luego viajó a Mazatlán donde ingresó a la Cámara de Comercio, de la que fue presidente. Desde esa plataforma obtuvo la postulación del PRI en 1959 para contender por la presidencia municipal de Mazatlán que ganó a una oposición simbólica. Fue distinguido como uno de los mejores presidentes municipales de la época e incluso el entonces presidente Adolfo López Mateos viajó a Mazatlán para inaugurar la primera unidad habitacional del Mazatlán moderno que lleva su nombre.
Obtuvo alta calificación ciudadana a su labor como edil, lo que alentó la ambición del grupo 33, integrado por empresarios influyentes del puerto mazatleco, que lo convencieron para que peleara la gubernatura del estado en 1962, sin saber que Toledo tenía un pacto de honor con su compadre Leopoldo Sánchez Célis, entonces senador de la República, secretario de Acción Política del PRI y precandidato natural al gobierno de Sinaloa. El político del paliacate sofocó sin despeinarse la calentura de José María González Urtuzuástegui, director de la Lotería Nacional, que cifraba esperanzas en la amistad con el presidente Adolfo López Mateos; del licenciado Raúl Cervantes Ahumada, jurisconsulto guasavense de altos galardones; y del doctor Fernando Uriarte, asesor de la Presidencia de la República y prestigiado profesionista, pero a su compadre y amigo entrañable Antonio Toledo Corro le tenía reservado un trato especial.
A Sánchez Célis poco importó la animosidad de los otros tres, pero consideró la postulación de Toledo Corro como alta traición a la palabra empeñada, pues ambos empezaron la carrera política simultáneamente, fueron compañeros en el Congreso Local en 1950-53, aliados para tumbar al gobernador Enrique Pérez Arce y pactaron que el senador ocuparía primero la gubernatura y después lo haría el escuinapense. No por nada eran considerados el uno-dos de la política sinaloense en 1962.
Al viejo estilo de las mafias calabresa o napolitana cuando hay violación de pactos sagrados, Sánchez Célis echó mano a sus fierros y ordenó el asesinato de su compadre del alma para quitarlo de en medio. Toledo fue rescatado por los hermanos José Ramón y Luis Fuentevilla que protegidos en la oscuridad de una noche sin luna lo metieron en la cajuela de un automóvil y no pararon hasta llegar a Nayarit, donde empresarios tabacaleros y agricultores –probablemente Gilberto Flores Muñoz- lo escondieron y alejaron de una muerte segura. Sus perseguidores lo ubicaban en Piedras Negras, Coahuila a donde enviaron sicarios parta ultimarlo, pero los amigos lo escondieron bien en Nayarit por algún tiempo. Transcurridos un par de meses pensó que el berrinche de su compadre había pasado e intentó regresar al puerto, pero algunos contactos en Mazatlán corrieron a informarle que el licenciado Burgos, agente del ministerio público presionado por Sánchez Célis, había girado orden de aprehensión en su contra por delitos fabricados y comisionó a Andrés Ibarra, jefe de la policía judicial, para que lo aprehendiera en el momento que pisara suelo sinaloense. A salto de mata llegó a la ciudad de México y por recomendación de los propios agricultores nayaritas y la buena relación con el presidente López Mateos encontró refugio en el Banco Nacional Agropecuario, engendro de Banjidal, luego Banrural y hoy Financiera Rural, entonces dirigido supuestamente por el “mocho” García, uno de los directores más corruptos y siniestro de todos los tiempos que no se enriqueció más porque, según la vox populi, tenía solamente un brazo.
Bueno para los negocios, identificó áreas de oportunidad y obtuvo la representación de los tractores John Deere, con la que fundó en el puerto la empresa Tractores de Occidente; se relacionó con algunos gobernadores para habilitar miles de hectáreas para el cultivo. Constituyó la empresa Tractocamiones S.A., y limpió miles de hectáreas, cuya utilidad quedó en la duda por la imposibilidad gubernamental de auditar los trabajos. Hizo alianza con Carlos Sansores Pérez, quien le extendió contratos para trabajar en el sureste mexicano, donde obtuvo ganancias millonarias que le permitieron recuperar en 1978 los ranchos La Campana y Las Cabras, emporio ganadero del noroeste de la República con más de 7 mil hectáreas con frente de mar en el puerto de Teacapán, que los Toledo Contreras perdieron a la muerte de don Natividad.
Buscó otra vez la gubernatura en 1967 pero Sánchez Célis no olvidaba aun el agravio y planchó el camino para que el guasavense Fortunato Álvarez Castro lo sucediera. Bloqueado por el grupo “sánchezcelista” y entretenido en desmontar cerros y planicies en el país tampoco tuvo oportunidad de competir por la gubernatura en 1968 cuando fue electo el licenciado Alfredo Valdés Montoya. En 1974 trató de filtrarse a la competencia estatal, pero la fuerza implacable y absoluta de Fidel Velázquez lo puso quieto una vez más. Fue electo Alfonso Genaro Calderón Velarde, primer gobernador obrero en la historia de Sinaloa, y secretario general adjunto de la CTM en la víspera de la muerte del sempiterno líder obrero. Pero Toledo no cruzó los brazos y fue fraguando con paciencia de pescador amistad con José López Portillo, quien lo apoyó para que fuera diputado federal, líder nacional de los campesinos, secretario de la Reforma Agraria de 1978 a 1980 en su gabinete y -después de casi 20 años- candidato a gobernador del estado en 1980, despertando exagerado entusiasmo entre los sureños sinaloenses. En esa elección compitió contra el ex diputado federal Andrés Cázarez Camacho, originario de Mazatlán, cabeza del panismo simbólico en Sinaloa. De acuerdo a datos oficiales del Instituto Federal Electoral, votaron 226 mil 572 electores, 33.03 por ciento del padrón. Cázarez Camacho obtuvo 17 mil 324 votos -7.65 por ciento de los votantes- y Toledo Corro, alcanzó 189 mil 447 votos, 83.61 por ciento de la votación.
A la toma de posesión acudió el presidente José López Portillo, en un acto que empezó mal. Cuando la comitiva arribó al recinto oficial para la ceremonia de cambio de poderes, los desinformados músicos contratados para animar el acto preguntaron a los periodistas el nombre de la canción del gobernador electo y se arrancaron con “Los caballos que corrieron”, himno del sexenio calderonista. Los ayudantes de Toledo corrieron como el “rosillo de los pobres” por el largo pasillo para silenciar a los músicos, pero el golpe no tenía remedio: Toledo enfureció porque creyó que Calderón Velarde tenía que ver con la broma de mal gusto y, descompuesto por la ira, ya no tuvo dominio de sí. López Portillo tuvo que mediar en el acto, pues el gobernador electo ignoró en su discurso a Calderón Velarde. El presidente tomó el micrófono fuera de programa y reconoció la labor del “gobernador obrero que persiguió a los traficantes de drogas y apoyó a los marginados de la sierra sinaloense”. En los pueblos sinaloenses, pero principalmente entre los empresarios, la candidatura del “tigre” renovó la esperanza de paz y progreso pero en cuanto fue confirmado como gobernador constitucional echó a caminar la maquinaria de la venganza, abriendo frentes en todos lados y persiguiendo a quienes no lo apoyaron a cumplir su ambición política. Su frase de campaña “Llegó la hora del Sur” resultó una ironía, pues quienes pensaron que la Jauja del siglo 19 regresaría a la región más pobre del estado, sintieron el rigor del fierro del “alacrán”: quien se la debía, más le valdría no haber nacido.
En el primer año de gobierno, el semanario Proceso de Julio Scherer sintetizó la revancha de Toledo: “logró lo que parecía imposible: unir a todos los sinaloenses, a todos en su contra…” Los Rice, distinguida y honorable familia del puerto que pidió a los críticos el beneficio de la duda cuando anunciaron la candidatura de Toledo, fue la primera en prepararse para una larga lucha política que detuviera los excesos del hombre que al sentarse en la silla gubernamental no se tentó el corazón para eliminar a quienes se opusieron a su poder absoluto.
Paralelamente enfrentó una época convulsionada por la violencia del tráfico de drogas, aunque en niveles menores en derramamiento de sangre a los actuales: en todo el sexenio hubo menos de 600 homicidios dolosos, lo que presume un pacto con la delincuencia. Regresaron al estado los narcotraficantes expulsados por la Operación Cóndor en 1975 y los hermanos Arellano Félix tomaron al puerto mazatleco como base de operaciones, a grado tal que Francisco, el mayor y propietario de la discoteca Frankie Oh!, estuvo a punto de ser designado “Empresario del Año” por las quisquillosas cámaras empresariales de Mazatlán. Toledo Corro tuvo su primer encuentro doloroso con las drogas en su propia familia. Su hermano menor Manuel, de inteligencia excepcional, vivió la época de oro de la Tijuana de la riqueza y los excesos. Fue envuelto en el tráfico de drogas y preso en la terrible prisión de San Quintín entre 1948 y 1960, en el lado norteamericano, donde conoció a Caryl Chessman, asesino condenado a dos penas de muerte e identificado como “el bandido de la luz roja” (“red light bandit”), sobrenombre que se ganó porque las “Villa Cariño”, ubicadas en las afueras de San Francisco, eran regularmente visitadas por un supuesto policía que utilizaba una luz roja en el techo de su automóvil para abordar parejas de enamorados en el estacionamiento del lugar. Apartaba a la mujer, la violaba y mataba. Manuel Toledo Corro recuperó la libertad y regresó a Tijuana donde murió de una sobredosis.
Pero algunas acciones que parecieron arbitrarias resultaron aciertos de largo alcance, como la construcción de la carretera Mar de Cortés con una inversión de 21 mil millones de pesos, la fundación de la Universidad de Occidente y el sistema de Colegios de Bachilleres que en su momento parecieron agresiones a la Universidad Autónoma de Sinaloa y que 25 años después constituyen una excelente alternativa académica pública. Impulsó programas de apoyo en aserraderos y fundos mineros de los altos de Sinaloa y municipalizó Navolato. Ordenó el dragado de zonas estuarinas del sur de Sinaloa que quintuplicó la cosecha camaronera.
Relaciones peligrosas
Durante un par de lustros los hermanos Arellano Félix operaron en Sinaloa sin que autoridad ninguna los molestara. En tertulias privadas, el ex gobernador eludió la responsabilidad: “es delito federal que no corresponde atacar al gobierno del estado”. Fue, por supuesto, personaje predilecto de la prensa estadounidense que publicó amplios reportajes sobre la vecindad de su propiedad en Escuinapa – donde se construye actualmente el CIP Costa del Pacífico- con la de Manuel Salcido Uzeta (a) el cochiloco, brazo ejecutor del “flaco” Félix Gallardo. En su defensa, el gobernador ironizaba: “…también soy vecino en Mazatlán de la Cónsul de Estados Unidos y eso no lo dicen…”.
Toledo no fue el único gobernador acusado de sostener relaciones peligrosas con el entonces único cartel mexicano de la droga. En mayo de 2000, la periodista norteamericana Mary Beth Sheridan, reportera de Los Ángeles Times, publicó un reporte de la CIA que acusaba a Labastida haber pactado con los narcos. “Labastida -decía el informe- heredó el gobierno de Antonio Toledo Corro. El 9 de abril de 1989, mientras buceaba en Baja California, el ejército mexicano barrió Culiacán para detener a toda la policía municipal y judicial del estado que había sido designada por el propio gobernador Labastida. Los cargos: proteger a Miguel Ángel Félix Gallardo. Labastida pactó con los dos grupos de narcos pero benefició a uno”. Vicente Fox aprovechó el expediente en el debate presidencial. En un discurso de julio de 1999, el gobernador Juan S. Millán admitió: “por varios años permitimos al narcotráfico crecer en nuestra fibra social y penetrar los más diversos estratos de nuestra vida pública.”
Contra la prensa
Al segundo año del gobierno toledista, el candidato a la presidencia Miguel de la Madrid Hurtado visitó Mazatlán. La edición del Semanario mazatleco Paralelo 23, en la que bajo el título “Lo que no van a decir al Presidente…” publicó una radiografía del Sinaloa montaraz, violento y desigual. Varios ejemplares circularon en el evento presidencial y uno cayó en manos del enemigo jurado de Toledo, el ex gobernador Alfonso Genaro Calderón que asistió la gira como representante de Fidel Velázquez y quien lo deslizó hacia el candidato, vecino en el presídium. La noche de ese día, agentes judiciales quitaron el cerrojo a sus fusiles, ordenaron al editor bajar de un automóvil vendido por el ex oficial mayor del Ayuntamiento Miguel Ángel García Granados y se llevaron auto y revistas argumentando que el vehículo era robado. El hecho ameritó denuncia penal por abuso de autoridad contra el presidente municipal José H. Rico Mendiola, quien ordenó y supervisó por radio el cumplimiento de la orden. La unidad fue devuelta, las revistas no. Luego sobrevino el exilio del Editor Mario Martini.
Un año más tarde, en 1983, el gobierno del estado secuestró la edición del semanario nacional Proceso, en la que el enviado especial Francisco Ortiz Pinchetti descubrió la cercanía del gobernador Toledo con el narcotráfico. Casi al final del sexenio, el panegirista del gobierno Odilón López Urías, enloquecido por el asesinato de su hijo Odilón López López (a) “el nene”, cometido supuestamente por un jefe judicial, quiso hacer uso de la libertad que combatió. Amenazó con denunciar al detalle crímenes de altos funcionarios del gobierno. Fue asesinado sin que alguien reclamara su muerte.
Francisco Labastida Ochoa, cocinado en los hornos de la etiqueta internacional, la cultura y las buenas maneras, trató de modificar las costumbres del pueblo bárbaro y violento que dejaron Leopoldo Sánchez Célis, Alfonso Genaro Calderón y el propio Toledo Corro. Sin embargo, tres décadas después el crimen organizado impuso la barbarie como regla de convivencia en Sinaloa.
Toledo Corro tiene suficientes fibras íntimas y públicas para la crítica, pero nadie puede negar el amor que profesa a su tierra: “Escuinapa siempre ha estado en mi memoria a donde voy, en donde he estado siempre ha sido mi prioridad”. Nunca extravió el proyecto educativo que compartió con su esposa Esthela Ortiz de Toledo, quien también estuvo convencida que la educación es camino seguro hacia el progreso. Dos mujeres lo inspiraron para donar en 2010, 100 millones de pesos para la construcción del Cobaes y la UdeO en Escuinapa: “son las dos mujeres que más he querido en mi vida, una me dio la vida y la otra me conquistó, con ellas aprendí que con educación y trabajo se logra el progreso”.
Tampoco se le puede regatear el mérito de haber puesto a su pueblo natal en el centro de la atención mundial, pues en el terreno del rancho Las Cabras el gobierno federal construye el Centro Integralmente Planeado, el proyecto turístico más ambicioso del sexenio del panista Felipe Calderón Hinojosa, con una inversión federal y privada por 12 mil millones de dólares, una oferta de 44,200 cuartos y por cuyos terrenos el ex gobernador obtuvo mil cien millones de pesos.
Antonio Toledo Corro, de 92 años cumplidos, pasa las buenas tardes en su casa de Mazatlán con la conciencia tranquila. Acompañado de sus hijos Antonio y Abraham, sus nietos, el recuerdo de su esposa y de su única hija Lourdes, está seguro de que cuando tenga que partir podrá decir: ¡vida nada te debo, vida estamos en paz! En vida ha sido homenajeado. La localidad Antonio Toledo Corro está situada en el Municipio de Culiacán, tiene 213 habitantes. Una colonia en el puerto mazatleco lleva su nombre y hace poco recibió la medalla “Águila Dorada” de Conalep.
El pueblo que escogió como Patria Íntima le ha rendido toda suerte de homenajes como agradecimiento por la donación de 100 millones de pesos y un terreno en comodato para que los jóvenes de su tierra tuvieran acceso al Colegio de Bachilleres y a la Universidad de Occidente, proyectos cumbre del sexenio toledista que paradójicamente no fijaron la vista en Escuinapa sino hasta el ocaso de su vida, en la hora de los arrepentimientos. (Semblanza publicada en el libro La Patria Íntima de Mario Martini).
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