Leopoldo Sánchez Zúber
Todos Somos Sinaloa
MARIO MARTINI
Leopoldo Sánchez Zúber
Escritor
La sola invocación del apellido nos remonta al próspero y apacible Mazatlán de finales del siglo 19 e inicio del 20, cuando la decencia de los comerciantes de la época porfiriana rayaba en la cortesía exagerada, plasmada con acierto por Joaquín Pardavé en la caracterización de don Susanito Peñafiel y Somellera, que lo consagró como primer actor en la cinta México de mis Recuerdos, y retratada localmente por el fotógrafo Zúber, quien en sus tiempos libres subió a las cumbres suicidadas del puerto a capturar imágenes que nostálgicos cibernautas mazatlecos circulan hoy por la red.
- Lienzo de memorias
Alejado de la fotografía, pero con la habilidad narrativa para retratar memorias sobre lienzos en blanco, recorre en flashback los vericuetos juveniles que lo llevaron a venerar la música: “fue en 1943. Yo tenía 18 años y aún vivía en mi patria chica: Mazatlán. Desde niño había sentido atracción por la música, no tanto debido a los breves compases de alguna aria de ópera que habría escuchado, sino a las obras de Chopin que mi hermana Yolanda interpretaba estupendamente, y a las sonatas de Mozart que salían por las ventanas con rejas de fierro y persianas de madera, del único foco de cultura, de arte, de sabiduría, de bondad y buen gusto que había en el puerto por aquellas fechas y no ha habido otro igual: la casa de Margarita Ramírez Urquijo, cariñosamente llamada La Nana Ramírez.
“Ese año, a pesar del superficial espíritu religioso de nuestra gente, había gran excitación por el próximo congreso eucarístico que culminaría con la entronización de la Purísima Concepción como Reina del Puerto y de los Mares. Después de vagar por las playas entré a la ciudad, y al pasar por la iglesia escuché un majestuoso sonido como el rugir de un monstruoso príncipe encantado: el gran órgano tubular, que después de años era desencantado por el talento y las expertas manos de un músico excepcional: Miguel Bernal Jiménez. Junto con el órgano se oían frescas las voces de un espléndido coro de niños que suplían los cascados intentos con que una anciana mazatleca solía armonizar las misas dominicales, y que una infortunada mañana, en el esfuerzo de alcanzar un do de pecho, voló fuera del coro su dentadura postiza.
“Esta vez era diferente. Entré al templo y me entregué a escuchar. La música me produjo una emoción que no me había producido el coro de Los Cosacos del Don que meses antes se había presentado allí mismo. Lleno de curiosidad detuve a una mujer que pasaba junto a mí y le pregunté quiénes eran aquellos músicos. Me contestó que el organista era un famoso maestro de Morelia, y el coro, los Niños Cantores de allá mismo. Ensayaban el himno a la Virgen recién compuesto por el maestro Bernal Jiménez. Al término del ensayo me acerqué a la puerta que conducía al coro para ver a los músicos cuando bajaran, sólo verlos a distancia con la timidez, con el temor, que me producía reconocerme en tan desproporcionada relación con ellos. Caminé hacia el maestro sin poder hablar, y pronto él me notó.
-”Hola –me dijo amable- ¿te gustó el concierto?” Titubeando, pero decidido a que mi relación con él no quedara allí, y temeroso de que fuera a escapárseme aquella presa salida de un mundo que yo imaginaba sólo dentro de mis discos, contesté: -Sí, me gustó mucho –e impulsivamente agregué- lo invito a cenar a mi casa. El maestro me miró sorprendido. En aquél tiempo, en Mazatlán, una invitación sin justificación no era extraordinaria. Muchos turistas cenaron en mi casa después de un par de horas de conocerlos. Eran tiempos de mayor espontaneidad.
“Como el maestro no respondía, volví a la carga: -¿Dónde está hospedado, maestro? Yo puedo pasar por usted a la hora que me diga. -Estoy con mi esposa y mis dos hijos –respondió sin rechazar la invitación. -Entonces será mejor que mañana a medio día coman los cuatro en mi casa-. Otro hubiera desconfiado de que un muchacho aborigen, quizá mezcla de yaqui y mayo, lo invitara a comer quién sabe qué platillos en quién sabe qué lugar con quién sabe cuales otros comensales. Pero no fue así. La desconfianza no iba con la segura actitud que el maestro Bernal mostraba con quien necesitara de él o simplemente deseara acercársele. -Y tus padres… ¿estarán de acuerdo? –me preguntó aceptando implícitamente. Yo le aseguré que sí, y lo dije con tal aplomo que al siguiente día, a la una de la tarde, recogía al maestro, a su esposa María Cristina Macouzet y a sus dos pequeños hijos para llevarlos a mi casa.
“Sin conocer ni importarle el tamaño intelectual y artístico del invitado, mi madre estaba lista con un sabroso menú. En ese momento tampoco yo sabía que mi invitado era el músico más grande de nuestra patria. Para mí sólo era un organista que me había impresionado mucho. Después de las presentaciones y bienvenidas, el maestro Bernal se detuvo ante una pancarta que mi padre había traído a casa días antes, que mostraba una barra de plata con una franja horizontal en su parte media dividida en tres campos con los colores de nuestra bandera y con las palabras Acción Nacional.. Las letras eran mayúsculas y de color azul, y estaban en los extremos superior izquierdo e inferior derecho respectivamente. Eso fue suficiente para que entre ellos se iniciara un recíproco interés. Durante la Revolución la familia de mi padre había sido víctima de un bestial saqueo, mi madre había sufrido el asesinato de su padre, y en 1929 ambos habían sentido las masacres con que Plutarco Elías Calles y sus huestes acribillaban en Culiacán al pueblo que pretendía llevar a José Vasconcelos a la presidencia. Así que la reciente formación de un partido con signos de eficacia política y administrativa, así como de honradez, ofrecía esperanzas o al menos la ilusión de que podía volver la cordura al país.
“(…) Esa tarde descubrimos algunos méritos del maestro, de hecho una porción menor, muy menor: nos enteramos de que era el autor del hermoso himno a la Virgen Reina del Puerto y de los Mares que la tarde anterior había escuchado en catedral. Ya para despedirnos, mi padre le ofreció al maestro el silencio y la paz de una quinta que tenía junto al mar, por el Paseo Claussen, donde había un quiosco en el que el maestro podría escribir su música o sus libros. Y aceptó. Los siguientes dos o tres días, el maestro se refugiaba por la mañana en casa de La Nana Ramírez a platicar en un nivel cultural que yo no alcanzaba, y a usar sus pianos para verificar una obra grande que estaba componiendo (se me ocurre que quizás era el Cuarteto Virreinal). Por la tarde yo lo recogía para llevarlo a la quinta de mi padre. Allí lo dejaba unas tres horas concentrado ante un paisaje que empezaba con un mar bravo, sonoro y rebelde, y se seguía plácido hasta las remotas Tres Islas, junto a las cuales se ocultaba el sol lanzando al último momento un rayo de luz verde, y un par de minutos después, las nubes, “arrebatadas en rojos torbellinos”, se encendían en monumental incendio.
“Además de su música, Bernal Jiménez compitió contra el autocrático partido en el poder para un puesto de elección popular, escribió 173 artículos y 11 libros sobre armonía, composición musical y otras disciplinas, que se han utilizado como textos en escuelas mexicanas y del extranjero. Yo mismo estudié armonía en su texto. Yo, en lo particular, guardo un bello recuerdo del maestro Bernal, de la grandeza de su música, de su mirada dulce y profunda, de su plática generosa, de su imponente presencia. Y hasta hace poco guardaba los originales de unos de sus villancicos que él mismo me regaló”.
- Origen y producción literaria
Polo, como cariñosamente lo tratan sus amigos capitalinos y mazatlecos en el exilio voluntario, nació un día de Escorpio en Mazatlán, Sinaloa, en el año 1926. Sus primeros 18 años los vivió entre pescadores. Durante un día entero realizó estudios superiores en la escuela de química de la Universidad Nacional Autónoma de México. Luego estudió composición en la Escuela Nacional de Música, donde, tras dos años de reveladores esfuerzos, reconoció su incapacidad para ser un buen músico. Finalmente logró ser un mal ingeniero en el Instituto Tecnológico de Monterrey. Trabajó para la banca, la industria y el comercio como asesor en desarrollo organizacional. Su vena literaria, estimulada en las tertulias de la querida Nana Ramírez, la pulió en el histórico taller Mester de Juan José Arreola. Los últimos 32 años los ha dedicado a escribir cuentos, ensayos y novelas. En octubre de 1992 publicó la novela Qué más te da Morir (Editorial Joaquín Mortiz), y en 1997 la novela Nota Roja: El Iceberg (Editorial Aldus). Antes, en 1966, publicó tres colecciones de cuentos: Marejada (Editorial de la Universidad Veracruzana, con el apoyo del escritor Sergio Galindo y el aval de Juan José Arreola), Fiesta Ritual (Editorial Novaro), Concierto, quasi una fantasía (Coedición de El Colegio de Sinaloa y la Universidad Autónoma de Sinaloa). El Colegio de Sinaloa le publicó ensayos sobre la escritora sinaloense Inés Arredondo y el danzante José Limón. En 2003 Editorial Trillas publicó una colección ilustrada de siete cuentos para niños. Fue colaborador de la última época del legendario Semanario La Talacha y actualmente publica una columna de crítica social en el periódico cibernético La Palabra.
40 años después de haber publicado el cuento Marejada, sobre el que Juan José Arreola dijo: “a la apretada diversidad de sus páginas, este libro agrega un elemento poco frecuente en nuestras letras: está escrito con riguroso estilo, en un lenguaje vivo y animado, cuyos libres períodos recuerdan la presencia del mar”, en 2007, nuevamente bajo el auspicio de la Universidad Veracruzana, publicó Juegos para Adultos, novela sobre la vida social mexicana que se desarrolla de 1945 a 1968. El 26 de agosto de 2011 presentó en el Distrito Federal su novela Soledad en Llamas.
A sus 80 años cumplidos, afectado por una secuela de poliomielitis, habita una pacífica y apacible casa de retiro en la capital del país, dedicado a vivir sin reposo para escribir.
(Semblanza del libro La Patria Íntima de Mario Martini)
Categoria: Patria Intima




