Gilberto Owen Estrada
Todos Somos Sinaloa
MARIO MARTINI
Gilberto Owen Estrada
Poeta y diplomático
Como los tacos de camarón en tortilla raspada, Gilberto Owen Estrada es invento prodigioso del mineral de El Rosario, Sinaloa. Nació del amor desatado entre el descendiente irlandés Guillermo Owen y la rosarense Margarita Estrada el 4 de febrero de 1904. Sus primeros años en el mineral están cubiertos de misterio, incluso hasta hace algunos años se determinó la fecha oficial de su nacimiento. Se sabe que a la muerte del padre, la familia vivió durante algún tiempo en Mazatlán y en circunstancias poco claras su madre decidió viajar al Estado de México, donde se instaló con Gilberto, aun niño, y una media hermana. Bajo el manto del Nevado de Toluca vivió gran parte de su infancia y adolescencia; estudió en el Instituto Científico y Literario, pero lo cierto es que muchos de los datos de su biografía son invenciones y metáforas de él mismo.
La condición de desterrado, la soledad radical y el viaje interior fueron su equipaje inseparable por todo el mundo hasta su muerte. “Simbad el Varado” (1948), su poema más ambicioso, narra, con aliento mítico, ese viaje esotérico y personal en busca de la recuperación.
A los 18 años, en representación del Instituto, dio un certero discurso de bienvenida al general Álvaro Obregón que le valió la emocionada ovación de los presentes. Fue tal el impacto, que el presidente de la república lo invitó a colaborar en la Secretaría de la Presidencia como lector de periódicos, donde elaboraba la síntesis de los diarios capitalinos para la oficina del mandatario.
En ese empleo, que le regateaba tiempo a su talento, permaneció durante 5 años (1923-1928), pero fue una magnífica oportunidad para ingresar a la Escuela Nacional Preparatoria, donde conoció a sus amigos de toda la vida Xavier Villaurrutia, Jorge Cuesta y Salvador Novo con quien fundó la revista Ulises y creó la revista Contemporáneos en 1928, en la que se desempeñó como autor y traductor. En julio del mismo año ingresó al servicio exterior y radicó en varias ciudades de Estados Unidos, Perú, Ecuador y Colombia, donde se casó el 2 de diciembre de 1935 con Cecilia Salazar Roldán, hija del general conservador Víctor Manuel Salazar, pero su matrimonio duró muy poco. Regresó derrotado a México en 1942, ingresó a la Secretaría de Economía y, al mismo tiempo, para aliviar su precaria economía y creciente alcoholismo, hizo traducciones y trabajó en la redacción de “El Hijo Pródigo”.
Alcohol, albur ganado, canto de cisne del azar.
Sólo su paz redime del Anciano del Mar
Y de su erudita tortura
Alcohol, ancla segura y abolición de la aventura
Volvió al servicio diplomático en Colombia en 1944 y luego partió a Filadelfia en 1947, donde terminó su periplo mundano.
- Owen y el cine
En una carta, remitida desde Nueva York y fechada el 28 de julio de 1928, el poeta sinaloense le comunica a su amigo del alma Xavier Villaurrutia: “Estoy haciendo, con (Emilio) Amero, una película. Creo que va a ser algo digno de mi grupo. Te enviaré el escenario, que tiene algún valor literario. Naturalmente que exigencias técnicas me hacen cambiarlo a cada instante… “Parece cierto que Owen, quien trabajaba desde 1927 en el consulado de México, extravió su guión en el remolino de descuido, casi de indiferencia, con el que solía tratar sus manuscritos; un descuido que sus amigos procuraban reparar recogiendo lo que dejaba tirado. Sólo se conserva un fragmento de su trama, una secuencia incorporada a un escrito fragmentario titulado “El río sin tacto” de 1930 que se reproduce en sus obras completas y que habla de “el hombre de la luna”.
En uno de sus primeros cortometrajes (1984), el cineasta mazatleco Oscar Blancarte Pimentel lo confinó a la desmemoria de los mortales con el título mismo de la cinta: “Owen, un poeta olvidado”. La trama gira alrededor de un viaje imaginario del poeta que regresa a su ciudad natal y recorre calles de Mazatlán para tener un reencuentro con sus fantasmas y su poesía. Owen jamás regresó al país y por el propio destierro voluntario su legado poético fue enclaustrado en el olvido durante décadas. “Si no fuera por las fotografías, quién diría que he existido”, dijo Owen antes de morir, expresión enfatizada por Blancarte en el corto.
Hoy me quito la máscara y me miras vacío
y ves en mis paredes los trozos de papel no desteñido
donde habitaban tus retratos,
y arriba ves las cicatrices de sus clavos.
De aquel rincón manaba el chorro de los ecos,
aquí abría su puerta a dos fantasmas el espejo,
allí crujió la grávida cama de los suplicios,
por allá entraba el sol a redimirnos.
Iba la voz sonámbula del pecho combo al pecho,
sin tenerse a clamar en el desierto;
ahora la ves, quemada y sin audiencia,
esparcir sus cenizas por la arena.
Iba la luz jugando de tus dientes a mis ojos,
su llamarada negra te subía de los hombros,
se desmayaba en sus deliquios en tus manos,
su clavel ululaba en mi arrebato.
Ahora es el desvelo con su gota de agua
y su cuenta de endrinas ovejas descarriadas,
porque no viven ya en mi carne
los seis sentidos mágicos de antes,
por mi razón, sin guerra, entumecida,
y el despecho de oírte: “Siempre seré tu amiga”,
para decirme así que ya no existo,
que viste tras la máscara y me hallaste vacío.
- Contemporáneos
Fue miembro distinguido del grupo de jóvenes poetas que publicaban en la revista literaria “Contemporáneos”, entre los que destacaban Salvador Novo, Jaime Torres Bodet, Celestino Gorostiza, Carlos Pellicer, Jorge Cuesta, Bernardo Ortiz de Montellano y Xavier Villaurrutia. Fue privilegio del rosarense haber sido el primero en publicar, en 1925, una novela lírica: “La llama fría”, en la novela semanal de El Universal Ilustrado y ser miembro distinguido de las tertulias que organizaba el también poeta Enrique González Martínez.
Con Novo, Celestino Gorostiza, Villaurrutia y los pintores Manuel Rodríguez Lozano y Carlos Lazo, fundó –al amparo económico de Antonieta Rivas Mercado– el Teatro Ulises, en el cual tradujo, dirigió y actuó obras de autores europeos modernos en un afán de divulgar la estética vanguardista con la que estaban comprometidos. Luego de publicar “Novela como nube”, marchó a Nueva en 1928 York como escribiente de la embajada mexicana y se relacionó con la vanguardia europea y latinoamericana residente en esa ciudad, como Federico García Lorca. Recuperó los poemas cubistas que conforman “Línea”, que había desechado a su salida de México y que Alfonso Reyes publicó en Buenos Aires, al lado de obras de Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges.
Alí Chumacero distinguió a Owen del grupo: “La fama, en la que solazaron sus contemporáneos, fue un ámbito ajeno a su ambición. Owen prefirió el trabajo del minero, del buzo, del criminal que en la alcoba concierta sus intenciones, antes de reclamar un prestigio logrado a fuerza de vigilias. No le importó que el público supiera de su existencia, ni que el trabajo empleado en el logro de una imagen o de una metáfora trascendiera los límites de su propia satisfacción”.
El 8 de agosto de 2004 el Instituto Nacional de Bella Artes le rindió un merecido homenaje nacional con motivo del centenario de su nacimiento, canceló un timbre postal en memoria del poeta sinaloense, proyectó la película de Blancarte y presentó una edición facsimilar del libro “Perseo vencido”, publicado en 1948, su obra máxima que consta de tres partes: el “Madrigal por Medusa”, que da título al volumen; la serie de poemas “Simbad el varado, bitácora de febrero”; y el breve “Libro de Ruth”, compendio escrito durante 18 años y narra poéticamente la aventura espiritual de un enamorado, el intento de purificación y el fracaso del amor y de la poesía. Fuertemente influido por Rimbaud, T.S. Elliot y la estética vanguardista, Owen no dejó atrás su original formación barroca y construyó una obra llena de referencias cultas, cuyas claves esotéricas van siendo poco a poco descubiertas. Antes de su muerte, ocurrida en 1952, dejó inconclusos “poemas, traducciones, apuntes, cartas y la biografía de “Simbad el varado”.
- Poeta sin epitafio
A partir de 1950 tuvo problemas de salud y murió ciego el 9 de marzo de 1952 como oficial canciller de primera en el servicio consular en Filadelfia, Estados Unidos, donde fue sepultado.
Concluye Chumacero: “En las letras mexicanas, su nombre figura con el eficaz relieve para mirar en él a uno de nuestros legítimos poetas. Fue necesaria su ausencia para que, alejándola del olvido, reflexionáramos acerca de su obra literaria e hiciéramos verdad un íntimo deseo suyo que consistió en saberse conocido solamente después de no existir entre los morales.
La Casa de la Cultura de El Rosario, lleva su nombre, como decenas de escuelas en el territorio sinaloense.
La tumba del poeta en Filadelfia no tiene epitafio, prueba luctuosa de que fue hombre que vivió en el misterio, solo y abandonado, pero que tuvo la dicha de poseer un gran talento y el sarcasmo para decir: “llegará un día, un martes 13, en que sabrán mi vida por mi muerte”.
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