Manuel Bonilla

Todos Somos Sinaloa

Mario Martini

Quienes lo conocieron aseguran que fue honesto al límite de la obsesión y el olvido al que lo confinó la revolución fue cocinada en el caldo de la difamación y maledicencia, perversidades que lo condujeron a una muerte colmada de tristeza y pobreza. El tiempo que todo acomoda  y la historia que lleva las cuentas de sus hijos lo reconocen como el “hombre blanco de la revolución mexicana”. Fue literato, político, periodista y escritor maderista  y vasconcelista.

Desempeñó  varios cargos en el servicio público en tiempos aciagos, pero debido a su honorabilidad recibió  escupitajos  de plumas al servicio del poder económico que insistieron en mostrarlo como una especie de “Gedeón del maderismo”. Según sus biógrafos, su vida “es alarde de dominio interior y resultado de prodigiosa inclinación hacia los valores superiores de la humanidad”.

Nació en la Villa de San Ignacio en 1867, pero abrazó al puerto mazatleco como su Patria Íntima, donde murió a los 90 años de edad. Fue destacado político que formó parte del gabinete del presidente Francisco I. Madero, se opuso a los excesos de Venustiano Carranza, asesoró en política agraria a Francisco Villa y fue devoto vasconcelista. Estudió ingeniería en Estados Unidos y muchas veces, como le ocurría a Madame Curie, caía rendido de cansancio sobre las páginas llenas de fórmulas y signos. Al titularse de ingeniero, regresó al país y radicó en Culiacán, armado con el idealismo pragmático de Benjamín Franklin.

  • Patrón y carcelero

La difundida fama de hombre probo le permitió ingresar a la Compañía Naviera del Pacífico, con sede en Mazatlán, donde descubrió una cuantiosa estafa en operaciones de compra-venta de carbón y consignó a los rufianes a las autoridades. Administró por algún tiempo la fábrica de hilados y tejidos “El Coloso” del acaudalado industrial azucarero Diego Redo y luego gobernador del estado impuesto por el secretario del tesoro porfirista. Paradójicamente su patrón, a quien protegió de estafadores, lo metió a la cárcel.

Ocupó después varios cargos, en los que puso a prueba su inteligencia clara y maciza. Organizó la contabilidad en la tesorería estatal; desempeñó funciones fiscales como visitador de Hacienda,  cargo que le atrajo más penas que gloria pues su obsesiva honestidad lo condujo a descubrir múltiples fraudes en el manejo de los fondos públicos. Esta fama lo llevó al Supremo Tribunal de Justicia como ministro supernumerario, donde continuó aplicando la ley sin mirar a quien.

Al consumarse la imposición de Redo, quien robó el triunfo al maderista José Ferrel, Bonilla renunció al cargo como visitador de Hacienda en protesta  por el fraude electoral, orquestado desde la capital de la república por Rosendo Pineda y José Yves Limantour. Esta muestra de congruencia  provocó la animadversión de los caciques sinaloenses y la ira del autarca de El Dorado, quien sin delito ninguno lo mandó encarcelar en Mazatlán donde el ingeniero había enjuiciado el 21 de mayo de 1910 a los estafadores de la compañía de Redo.

Su apoyo a las candidaturas de José Ferrel y Francisco I. Madero acentuó la enemistad con su ex patrón, quien lo persiguió implacable para meterlo en prisión. Sin embargo, esta acción evidentemente persecutoria y  arbitraria en el uso del poder político  aumentó el prestigio del ingeniero que tomó el mando en El Correo de la Tarde -que había lanzado la candidatura de Ferrel y denunciado las triquiñuelas del Partido Científico que postuló a Redo- por invitación del empresario Andrés Avendaño, quien buscaba un buen director ante las renuncias obligadas de don Francisco Valadés y Heriberto Frías, quienes abandonaron el estado para salvar la vida. Al ganar la gubernatura, Redo presionó a la familia Tarriba, dedicada a la explotación minera en el norte del estado, y a otros socios que cortaron el patrocinio a la empresa periodística.

El 4 de enero de 1910 quedó formalizado el Centro Anti-reeleccionista de Culiacán con la presencia de Madero y el licenciado Roque Estrada y ante más de dos mil ciudadanos reunidos en los salones de la sociedad “Artesanos Unidos Miguel Hidalgo”, casa de don Inocencio Mata, esquina de las calles Benito Juárez y Domingo Rubí. La directiva quedó encabezada por el ingeniero Manuel Bonilla como presidente.

  • A San Juan de Ulúa

Desde el diario Bonilla criticó sin tregua al gobierno de Redo y al porfiriato que había entrad en una espiral decadente, postura que le garantizó la cárcel. Unas semanas antes de que estallara la revolución maderista, el ingeniero fue apresado y embarcado en el buque “Tampico” que lo condujo sin paradas a las terribles Tinajas de San Juan de Ulúa, pústula de la barbarie dejada por España en Veracruz. Después de 6 meses de reclusión, obtuvo su libertad  bajo ciertas condiciones impuestas por el gobierno. Se incorporó de inmediato al grupo de Madero en Ciudad Juárez, ocupada por las fuerzas revolucionarias, y fue comisionado para restablecer la normalidad en Sonora y Sinaloa.

Derrocada la dictadura porfirista,  Madero lo nombró Delegado en Sinaloa para atender los asuntos políticos del estado e impedir la ejecución de los jefes vencidos. El 23 de mayo de 1911 conferenció con los jefes maderistas que sitiaron Culiacán para evitar una matanza, pero como Diego Redo negó a rendirse y rechazó las propuestas de paz la capital del estado fue tomada a sangre y fuego por los generales Ramón F. Iturbe y Juan M. Banderas. Tal vez Bonilla, en venganza por su estancia en San Juan de Ulúa y como presidente del Club Anti-reeleccionista en Culiacán algo tuvo que ver para que la fábrica de hilados y tejidos “El Coloso”, su antiguo empleo, fuera incendiada por los revolucionarios que tomaron la capital del estado el 2 de junio de 1911. Redo presentó su renuncia al Congreso del Estado y fue sustituido por el licenciado Celso Gaxiola Rojo.

Bonilla se dirigió a Mazatlán, donde el coronel José Moreno había ordenado la retirada del ejército federal, para reorganizar los servicios públicos, instalar una junta de guerra que debería encargarse de formar la hoja de servicio de los voluntarios maderistas y organizar el cuerpo de rurales para la seguridad del estado. Por estas acciones eficaces, el presidente provisional Francisco León de la Barra lo invitó a su gabinete como secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, puesto que desempeñó en el gabinete de Madero. Fue también Secretario de Fomento durante el fugaz  gobierno maderista.

Consumada la traición de Victoriano Huerta y ocurrido el crimen de Madero y Pino Suárez, se incorporó al contingente de Carranza pero profundas diferencias políticas con el Jefe lo llevaron al exilio en Estados Unidos:  “(…) la División del Norte, dijo Bonilla en un discurso público,  no ha desconocido ni desconocerá al C. Venustiano Carranza como Primer Jefe del Ejército Constitucionalista; dicha División sólo desea que el jefe supremo ejerza su autoridad justificadamente y sin poner obstáculo alguno a las operaciones militares (…)”

Delegados Villistas

Volvió a la patria en 1914 comisionado por Francisco Villa para que presentara soluciones al problema agrario de Chihuahua y formó parte de la comisión que representó a la División del Norte en la reunión de Torreón, propuesta por el general Pablo González para zanjar las diferencias con Carranza. El sinaloense puso todo su empeño al servicio del reparto agrario y afectó los ilimitados latifundios acaparados por una legión de porfiristas nacionales y extranjeros, encabezados por las familias Terrazas, Creel, etc. Esta firme actitud desató una campaña difamatoria en su contra, la más vil que funcionario público alguno haya recibido en el México revolucionario.

Fue objeto de burla constante. Los panegiristas  del panfleto “Multicolor”, acaudillados por J. Rafael Rubio (que firmaba con el seudónimo de “Rejúpiter”), llenaban el pasquín  de insultos. Bonilla resistió con entereza sin paralelo. Maltrecho y adolorido por olvidos e ingratitudes de quienes sirvió, se retiró a la vida privada en su hogar mazatleco. Los últimos años vivió en pobreza franciscana. Es autor de los poco difundidos libros “De Aztatlán a México: Peregrinación de los Nahoas” y “Estudio de Petroglifos Sinaloenses”, aportación histórica para el conocimiento del  municipio natal. Alguna vez aspiró sin ínfulas a la Presidencia de la República.

Un edema pulmonar terminó con su vida a los 90 años de edad, el 17 de octubre de 1957. Fue reconocido por amigos y enemigos como “el hombre blanco de la revolución mexicana”. Una discreta calle que por las tardes mira los ocasos del Pacífico y la biblioteca pública de Mazatlán llevan su nombre.

 

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Categoria: Patria Intima