Amado Ruiz de Nervo

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MARIO MARTINI

Amado Ruiz de Nervo

Poeta

Amado Nervo nació dos veces. Una en su natal Tepic y otra en Mazatlán, donde aprendió el generoso oficio periodístico con Carlos Fernández Galán, su tutor,  y vio las luces del modernismo literario que lo consagrarían como el poeta enorme de México que escribió para los  bronces: “Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”

Enviado por sus padres al seminario de Zamora, Michoacán, sus tutores religiosos se dieron cuenta que no era hombre para el servicio de Dios, pues destilaba fibra y músculo desencadenados al momento de admirar las pasiones desbocadas de la vida.

Diéronle un año para que recapacitara sobre su vocación sacerdotal, período en que se encontró con las hermanas Virginia y Natalia Retes, sus protectoras para siempre, propietarias de La Torre de Babel en Tepic, donde se contrató en 1982 como “dependiente mayor, encargado del escritorio”,  y parientes de tipógrafos que harían historia en el bullanguero Mazatlán decimonónico.

Se integró sin dificultades a la joven bohemia tepiquense de 1892 sin más ritos de pasaje que la declamación de algunos poemas propios, escritos en su reclusión religiosa en Zamora, y otros de Juan de Dios Peza, Ramón de Campoamor y de su admirado Manuel Gutiérrez Nájera. Aprendió a bailar en esas tertulias, suceso que le cambió la vida para siempre. Una noche, siguiendo los pasos de su troupe boheme, llegó hasta el patio de la casona Ceceña, estimulado por el seductor aroma de las magnolias. “Al descubrirse en el vacío de un ustorio, reseña  Gustavo Jiménez Aguirre, el aprendiz de dandi capturó con arrogancia una imagen inédita de si mismo. Apenas tendida la mano para solicitar el chotis de moda a cierta lugareña, el padre se dirigió a la hija con un altisonante “¡no bailes con este chaqueta volteada”!”. La sociedad de Tepic cobraba así la deserción sacerdotal, estigmatizando su condición de ex seminarista. En ese momento, gracias a la influencia de las Retes, el futuro poeta no tenía más futuro que el exilio y el periodismo al que incursionó en El Correo de la Tarde de Mazatlán, bajo los seudónimos de Román y el Duque Juan.

Fue el puerto laboratorio donde durante 22 meses hizo con timidez su noviciado periodístico, punto de partida de su despegue poético. Escribió en El Correo de la Tarde, órgano al servicio de la oligarquía mazatleca, 69 crónicas, dos gacetillas y 13 cuentos, cuyas fechas extremas de publicación van del 29 de noviembre de 1892 al 14 de octubre de 1894. Fue ahí donde Nervo vio las primeras luces del modernismo que lo colocarían en la cúspide de la literatura nacional.

Formación

Los mejores datos sobre sus orígenes y formación cultural se encuentran en dos de sus breves autobiografías escritas en España. Dice en una de ellas: “Nací en Tepic,  pequeña ciudad de la costa del Pacífico, el 27 de agosto de 1870.  Mi apellido es Ruiz de Nervo; mi padre lo modificó, encogiéndolo. Se llamaba Amado y me dio su nombre. Resulté, pues, Amado Nervo, y, esto que parecía seudónimo -así lo creyeron muchos en América-, y que en todo caso era raro, me valió quizá no poco para mi fortuna literaria. ¡Quién sabe cuál habría sido mi suerte con el Ruiz de  Nervo ancestral, o si me hubiera llamado Pérez y Pérez”.

Después de 7 años de estudios de abogacía en el Colegio de San Luis Gonzaga de Jaconá y de sacerdocio en el seminario de Zamora, Michoacán, donde obtuvo  el grado de bachiller, regresó a su lugar de origen a finales de 1892 a probar si estaba preparado para entregarse a Dios.

En su otra confesión autobiográfica, casi desconocida, dice: “Soy descendiente de una vieja familia española que se  estableció en San Blas a principios del siglo pasado. Hice mi instrucción primaria en las modestas escuelas de mi ciudad natal;  muerto mi padre cuando yo tenía nueve años, mi madre me envió a  un Colegio de Padres Romanos, al de Jacona, en Michoacán, que entonces gozaba de cierta fama. En este colegio y después en el seminario de Zamora, Michoacán, hice mis estudios preparatorios,  empezando, naturalmente, por el latín. Quise seguir la carrera de
abogado y estudié dos años, pero el quebranto de la  herencia paterna me obligó a volver a Tepic a ponerme al frente de lo poco que nos quedaba y a trabajar para ayudar a mi  familia, que era numerosa. Después, buscando mejor destino, marché a Mazatlán, donde escribí en el Correo de la Tarde mis primeros artículos. Más tarde me dirigí a la Capital (en 1894) y ahí con los esfuerzos y penalidades consiguientes, logré abrirme camino”.

Con frecuencia se refieren sus biógrafos a estas penalidades, entre  las que mencionan que tuvo que lucrar el pan de “estanquillero” y  hasta de “tablajero” en el Rastro, y quizás a ello alude él mismo  cuando asegura que el escritor “vive regularmente o de un  empleo, o de algo más prosaico; a veces es tendero, a veces  carnicero, a veces “coyote” y a veces, muy raras, negociante  en grande”. Mayores aún fueron sus penas morales, como la pérdida de su hermano Luis -comerciante ocasional y poeta-, quien, sin la fortaleza de Amado, desertó de la vida en plena lucha.

En sus “Apuntes para un libro que no escribiré nunca”, dice estas palabras: “Yo he visto el rayo verde, que  trae ventura. Lo vimos en una playa mazatleca mi hermano y yo, una tarde de julio. Mi hermano se suicidó…”.

Su nombre comenzó a difundirse en 1895 con la  publicación de su primer libro, que no fue una colección poética,  sino una novela corta: El Bachiller. “Por lo audaz e imprevisto de su forma -dice Nervo-, y especialmente de su desenlace, ocasionó en América tal escándalo, que me sirvió grandemente para que me  conocieran”. Místicas fue su primer libro de versos publicado (1898), si bien no el primero que escribió, pues tal prioridad corresponde a Perlas Negras -obra de adolescencia- que salió a la luz en el mismo año..

Como todos los poetas finiseculares, amaba a París y pudo conocerlo en 1900. Fue enviado como corresponsal de El Mundo; pero, no obstante que cumplía eficazmente con su encargo y de que a los lectores les parecían muy bellas sus correspondencias –”de México me dicen que dicen que se ha desarrollado mucho mi talento en París”-, pronto fue despedido en forma inopinada por el gerente de la empresa.

Amputación dolorosa

Y volvió a encontrarse con la pobreza, pero también se encontró con el amor; con el grande amor “para toda la vida” de Ana Cecilia Luisa Dailliez, dulce mujer que fue su compañera durante más de diez años- “encontrada en el camino de la vida el 31 de agosto de 1901. Perdida (¿para siempre?), el 7 de enero de 1912″- y cuya muerte le causó “la amputación más dolorosa de sí mismo”. Fruto de este dolor fue un libro de versos muy leído: La Amada Inmóvil.

En París conoció a Verlaine, a Moreas y a Wilde y fue amigo de los escritores y poetas hispanoamericanos que residían o pasaban por aquella ciudad que tanto encandiló a la generación de los modernistas. Allí selló su amistad sin quebrantos ni recelos con Rubén Darío. En París publicó la versión francesa de El Bachiller  -con el título de Orígenes- y una obra poética, Poemas, que había de extender su celebridad en los países de habla hispana. Uno de estos poemas, La Hermana Agua, cuenta entre sus mayores aciertos.

De regreso en México (1902), publicó su bello libro de prosa y verso llamado El Éxodo y Las Flores del Camino y colaboró asiduamente en la Revista Moderna. En el mismo año publicó Lira Heroica. De 1902 a 1905 trabajó nuevamente en El Mundo, El Imparcial y El Mundo Ilustrado. Sacó a luz otro libro de versos: Los Jardines Interiores, que había comenzado a preparar con el título de Savia Enferma.

En 1905 ingresó en el servicio diplomático con la categoría de segundo secretario adscrito a la Legación de México en Madrid. De allá enviaba sus correspondencias a su periódico, El Mundo, y a la vez escribía jugosos informes sobre lengua y literatura para el Boletín de la Secretaría de Instrucción Pública. Más tarde colaboró en periódicos  de Buenos Aires y La Habana. En España escribió muchos de sus mejores  libros, entre los cuales destacan En Voz Baja, Juana de Asbaje,  Serenidad, La Amada Inmóvil, Elevación y Plenitud.

En I9I4, con motivo de los sucesos políticos de nuestro país, cesó  en su cargo de primer secretario y volvió una vez más a su bien amada pobreza. El cariño que había sembrado inspiró a sus amigos españoles la idea de solicitar de las Cortes una pensión para el poeta; pero  éste, con el decoro propio de su carácter, se apresuró a declinarla  gentilmente. Fue restituido en su puesto por el Gobierno de México en I918, con credenciales de Ministro Plenipotenciario y Enviado Plenipotenciario ante los Gobiernos de Argentina y Uruguay.

Minado por sus males, tuvo fuerzas, sin embargo, para amar una vez  más; en Buenos Aires encontró -dice Alfonso Méndez Plancarte- “su último amor humano, todo cándida limpidez y hecho por partes  iguales de admiración, piedad y ternura”. Murió en Montevideo el 24 de mayo de 1919. Su retorno a la patria y sus funerales constituyeron una verdadera apoteosis. Yacen sus restos en la  Rotonda de los Hombres Ilustres.

En su breve autobiografía de 1906, insistía: ” yo, como las naciones venturosas y  la mujer honrada, no tengo  historia: nunca me ha sucedido nada…” (digno de contar).

No obstante la afirmación, en su vida se entretejieron sucesos adversos, y venturosos. Escribió muchos libros; fue combatido, pero a la vez amado y ensalzado; fue afortunado capitán en las filas del movimiento literario más importante que ha tenido América.

Y algo muy importante: jamás olvidó la inspiración que le dio sin regateos el puerto mazatleco: “¡Qué sollozo tan inmenso es el sollozo del mar!”

Manuel Gutiérrez Nájera, “especie de sonrisa en el alma”, su alter ego, nació en la ciudad de México y la calle de las taquerías, que la juventud ha rebautizado como Gutiérrez Taquera, lleva su nombre. Amado Nervo, refundido en el olvido marismeño, espera que la sociedad mazatleca le tribute el homenaje que merece.

(Semblanza del libro La Patria Íntima de Mario Martini)

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Categoria: Patria Intima